martes, 13 de enero de 2009

Gloria

Bueno, sigo con mi intento de retomar el blog aunque sea con una frecuencia discreta y aunque los posts no tengan mucha unidad ni coherencia. Pero hay que seguir escribiendo. Llevo aquí de vuelta cuatro días y con este y poco a poco todo va volviendo a lo que podría llamar mi normalidad: clases de idiomas, estudiar, perrear en casa y ver a mis amigos de estos lares, que en realidad son de muchísimos y bien diferentes sitios.
La vuelta ha sido más dura de lo que esperaba, y no podría explicar el motivo. El sábado me pregunté cuál era el enfoque que le daba a mis más de tres semanas en Madrid. Vuelta a casa? Vacaciones? En este caso, mi vuelta a Florencia sería una vuelta a casa. Aun con matices, fue la explicación que más me convenció. Mis días en España han sido espectaculares, no he parado un segundo y aunque al final no he visto a todas aquellas personas a las que habría querido, supongo que habrá sido porque al final uno hace lo que más tiene ganas de hacer, y se recurre a la opción más fácil de ver a quien más has echado de menos; por supuesto, eso no significa que me haya dejado gente importante sin ver o sin disfrutar tranquilamente.
Sin embargo, cada vez se me hace más real y palpable la impresión de que España no es un país para trabajar, sino más bien para disfrutar, divertirse y hacer cosas improductivas, categoría esta que no ha de ser negativa en todos los casos. Fuera de España los horarios de trabajo y la distribución del tiempo son mucho más apropiados para, entre otras cosas, el estudio. Será también que aquí mi única verdadera obligación es estudiar y que tengo todas las facilidades para ello, pero estoy seguro de que si trasladaran este sitio a España, el rendimiento bajaría al menos un 20%...
Me despido con algo más interesante que esta sarta de mundanidades que acabo de escribir. En el coro nos vamos a dedicar en los siguientes meses a la preparación del Gloria de Vivaldi. No puedo expresar ni una mínima parte de la alegría que me causa, por lo que espero poder manifestarla el día que cantemos llenándome la boca de esa palabra: gloria.

viernes, 2 de enero de 2009

El penúltimo manifiesto

Últimamente me estoy aficionando a un tipo distinto de blogs: los de los profesionales. Es decir, periodistas que ahora en vez de escribir columnas para los periódicos (o además de), tienen blogs en los que aportan su granito de arena en la creación (o evolución de no sé qué) del género literario del siglo XXI. Muchos de ellos caen en la misma trampa en la que he caído yo con mis últimos y abandonados blogs: la desidia. "Hazte un blog y escribes lo que quieras cuando quieras" te dicen. Pues sí, pero yo no he sabido digerir una consecuencia postrera que acompaña la actividad continuada en estos mundos: la presión de volver a escribir. Involuntariamente creas una especie de "público", incluso algún que otro "fan" que te dice cuánto le gusta lo que escribes y que está deseando que vuelvas a hacerlo. Obviamente, la presión de la que hablo no viene únicamente de este grupo reducido de personas, pero junto a ellas hay algo más que espera que sigas escribiendo regularmente y eso es uno mismo.

¿Cuánto tiempo ha de pasar entre post y post para que un blog sea entretenido? Un post diario sería excesivo y convertiría el blog en una telenovela. Un post semanal o cada diez días estaría demasiado distanciado del anterior, lo que privaría al blog de una de sus características básicas: la continuidad. Si un post no tiene una relación de contenido o temporal suficientemente clara con el anterior, el blog se convierte en un hermoso libro de narrativa breve, pero estaremos engañándonos a nosotros mismos creyendo que tenemos un blog. Así que supongo que la media adecuada es de tres o cuatro días.

Una vez establecida la periodicidad recomendada por nueve de cada diez bloggers (o sea, me lo he preguntado diez veces), tengo que resolver el asunto ese de la presión que dejé colgando en el primer párrafo como el mediocre escritor en el que me gusta convertirme a menudo (quede claro que no digo desde qué me transformo en mediocre, si desde arriba o desde abajo). Con presión no me refiero al ya clásico "jo, tío, eres un perro, a ver si escribes", sino al "joder, llevo una semana sin escribir en el blog". Y con eso parece que has dejado en casa sin comida a los diez últimos linces ibéricos, que esperan de tu santa mano el alimento que les haga sobrevivir una noche más.

Teniendo en cuenta todo lo que tengo que hacer y escribir (hay rumores de una tesis en curso...), me pregunto cómo he podido dejar de considerar el blog un punto de diversión personal y tomarlo como algo más serio aún que un trabajo. Supongo que porque equivoqué conceptos. Tenía (y tengo ganas) de contarle al mundo mi particular visión de la vida. Primero por lo que todos los demás, porque el anhelo de la fama persigue al ser humano desde que se dio cuenta de que haciendo una incisión en una pared se le recordaría (del modo que sea) incluso después de muerto. Y segundo porque creo que mi visión en concreto es interesante. Será por egocentrismo (nunca le falta a un Leo) o por vanidad, pero creo que soy una persona que merece la pena ser leída "en estos tiempos inciertos" (odio las expresiones manidas pero llenas de significado). Sin embargo, olvidé que lo que pueda escribir por internet nunca cambiará el mundo mientras detrás del nombre de mi blog vaya un .blogspot.com y no un nytimes.com . Y como olvidé esto, inventé el post-manifiesto y el post-diario de un humanista, que me dejaban exhausto y perplejo y extendían una terrible sombra bajo la cual todo lo que pudiera escribir se quedaba pequeño y falto de interés. Así que supongo que será mejor que mi (aparentemente tan valiosa) visión del mundo vuelva a colarse en mis posts como un mero background y deje los manifiestos y los ensayos que cambiarán el mundo para mis discursos de ingreso en las más prestigiosas instituciones internacionales.