jueves, 28 de agosto de 2008

Internacional

Ayer fue sin duda uno de los días más plenos y felices de mi vida. Llegué al EUI para el Registration Day temprano, antes incluso de lo necesario por un pequeño error al mirar el horario. Nada más llegar me asomé al mirador que hay frente a la Badia para contemplar Florencia desde una altura considerable, una vista difícil de olvidar para nadie. Recordé en ese momento el día en que llegué hace cuatro meses, cuando quedé absolutamente enamorado del lugar y cuando no hacía más que repetirme "no te ilusiones, no te ilusiones, no te ilusiones". Bien, ahora no sólo puedo ilusionarme, sino que debo, y debo sentir el orgullo y la responsabilidad que supone estar aquí. Sólo un par de apuntes más.

Durante el día conocí y hablé en diferentes idiomas con: una brasileña, una croata, una polaca, una bielorrusa, un sueco, dos colombianos, un suizo, un alemán, una turca, tres holandeses, un búlgaro y algunos españoles.

Después del discurso de bienvenida en el que me hicieron sentir nuevamente tremendamente privilegiado, nos invitaron a una barbacoa en el jardín que se abre al otro lado del claustro (del siglo XV) de la Badia, y desde donde pude ver uno de los atardeceros más bellos que jamás podré ver, con Florencia en el valle y con la inmensa satisfacción personal de estar viviendo un sueño deseado cada segundo que pasa, cada palabra que escucho y cada centímetro de mundo por el que paso mis ojos.

domingo, 24 de agosto de 2008

Citius, altius, fortius

Mañana comienza una nueva y espero que brillante época de mi vida. Mañana me marcho a vivir a Italia otra vez, en esta ocasión a Florencia, por un año al menos, quizá dos, quién sabe si más. Florencia... Los que me conocéis sabéis cuánto significa esta ciudad para mí, allí tuvo lugar quizá la más hermosa de todas las revoluciones que ha llevado a cabo el hombre, el Renacimiento, que tuvo casi como único gran factor común una pasión desbordante por el ser humano y sus capacidades.

Hoy han finalizado en Pekín los Juegos Olímpicos, esa gran cita deportiva que cada cuatro años reúne a los mejores atletas y los pone al límite de sus posibilidades en busca de una única meta: el oro olímpico, la más alta condecoración que puede recibir una persona en su vida.

Citius, altius, fortius, o sea, "más rápido, más alto, más fuerte", el lema olímpico, el lema humano, me atrevería a decir. Si algo ha caracterizado la historia del Hombre ha sido su impulso por dar siempre un paso más, por llegar un poco más lejos que sus predecesores, por añadir unas líneas más en el conocimiento de cada materia, por no conformarse, por luchar para lograr ese poco más que en ocasiones ha supuesto posteriormente cambios y giros de ciento ochenta grados como fue la revolución copernicana. Los Juegos Olímpicos son una demostración mundial de este afán de superación. Años de entrenamiento y sacrificio que en ocasiones se traducen en un nuevo récord del mundo que araña la absurda cantidad de una centésima de segundo al anterior. Y sin embargo, vale la pena, porque por un momento, el Hombre toca techo, y ese atleta se convierte en el más grande de su disciplina, en el primero, en el mejor, y obtiene el oro, el metal más preciado.

En estos días de Juegos Olímpicos me he conmovido en infinidad de ocasiones ante la imagen de un atleta recibiendo su medalla, o perdiéndola, en cuyo caso hay que añadir un desgarrador sentimiento de compasión. En el caso de España, destacaré el oro del siempre bravo Nadal, las dos medallas del profesional Joan Llaneras, y las figuras cuasiheroicas de los grandísimos capitanes Carlos Jiménez, de baloncesto, y David Barrufet de balonmano, hombres intachables y de una talla moral y humana sin parangón. Siempre he sentido una gran envidia por todos ellos, no sólo los que acabo de nombrar, sino por todo aquel atleta que participa en unos Juegos Olímpicos, y que además tiene el honor y la gloria de recibir una medalla. Creo que son la representación de eso que se llama envidia sana, no por hacer mejor sus deportes que los demás, sino por consagrar sus vidas al trabajo y al esfuerzo por la superación.

Y sin embargo, yo estos días me siento como si hubiera ganado una especie de medalla olímpica. No el oro, pero sí un bronce. He sido admitido en el Instituto Universitario Europeo, una universidad que recibe cada año en cada departamento apenas unos treinta nuevos estudiantes de prácticamente todo el mundo. El estudio de la Historia nunca será deporte olímpico, por supuesto, pero eso no es óbice para que no me sienta como una de las personas más privilegiadas del mundo por un lado, y con una mayor responsabilidad por otro, porque siento que esto se lo debo a las personas que en cierto modo represento y que son todas aquellas que me han apoyado en algún momento de mi vida y que han creído en mí, en lo que hago y en mis capacidades.

Así que por todos ellos trataré de ser citius, altius y fortius...